Tal como nos describe el evangelista san Lucas (1,7-23), el contexto donde aparecerá nuestro personaje es una familia que ha pasado por un drama terrible (dentro de lo que la mentalidad judía concibe), ya que, como se sabe, la manera en que un hebreo constata la bendición de Dios sobre su vida es teniendo tierra y descendencia. Y esta pareja conformada por Zacarías e Isabel son estériles; es decir que en su larga vida no han podido dar a luz, no han trascendido en los hijos, no tienen esperanzas de que su legado sea perpetuado y que de esa manera su memoria no sea olvidada. Se han envejecido, no tienen las fuerzas necesarias para emprender proyecto alguno y además, seguramente todos sus vecinos se burlan de que haya un sacerdote de Yahvé que haya sido hasta ese momento un “maldito” de Dios, ya que, es una gran contradicción que un servidor del Señor y su mujer sean al mismo tiempo unos estériles.
Imaginémonos por un momento la cantidad de comentarios, murmuraciones y burlas que estas justas personas han recibido a lo largo de tantos años; ahora piensa cómo estaría la autoestima y el auto concepto de cada uno de ellos pero sobre todo de Isabel, ya que, como lo dice el texto sagrado –y de acuerdo con la manera de pensar de la época– era ella la estéril.
No pierdas de vista que para sumarle a la complejidad de la situación de la familia del Bautista, hay que tener claro que el evangelista nos ha contado en el verso 20 del mismo capítulo 1 que Zacarías quedará mudo, y sólo hasta el verso 64 recuperará el habla (más o menos 50 semanas después). Con esto se hace evidente que en esa casa había serios “problemas de comunicación”. Recordemos que desde la comprensión de la Escritura, la fecundidad de la comunicación con los otros está sustentada en la adecuada comunicación con Dios.
Zacarías tiene una inadecuada comunicación con Dios ya que no le ha creído lo que Él le ha dicho y ahora como consecuencia de esa infidelidad ha quedad sumido en el mutismo cotidiano y relacional.
Habiendo revisado ese cuadro contextual vale la pena detenernos en los versos 24 y 25 de este mismo capítulo primero de san Lucas, en donde se dice:
“24Días después, concibió su mujer Isabel y estuvo durante cinco meses recluida 25diciendo: ‘Esto es lo que ha hecho por mí el Señor en los días en que se dignó quitar mi oprobio entre la gente’.”.
Quisiera que en este momento de la lectura te detengas y pienses acerca de cuál es tu contexto actual. Cuáles son tus complejidades familiares, cómo está tu autoestima, tu autoimagen, cómo crees que te ven los que te rodean, cómo te sientes contigo mismo hoy, qué imagen tienes de Dios, cómo abordas hoy la comunicación con tu entorno.
Sólo si eres consciente de las diversas inquietudes que te planteo en este momento, podrás dimensionar la magnitud del milagro de Dios que trajo la concepción del Bautista en la vida de su primer entorno.
Miremos los versículos seleccionados. Dice el autor que Isabel se recluyó durante 5 meses y en medio de la “contemplación” de la obra entrañable de Dios en ella (que es el Bautista), empieza a ser consciente del tránsito que está operándose en ella en la manera de comprender a Dios: Es el tránsito del antiguo testamento en el que se percibía a un Dios que acontecía en el Templo, en las realidades sociales internas y externas de cada pueblo y nación, que se materializaba en el cumplimiento de la ley mosaica, etc. Pero ahora ella, la madre del Bautista en ese ‘retiro’ de cinco meses descubre que Dios está actuando a la manera que nos mostrará el Nuevo Testamento, es decir, de adentro hacia fuera.
Ya no será un Dios que se hace perceptible con los ojos solamente, sino de manera especial, lo hará quien lo descubra desde las entrañas; desde este momento en adelante la superficialidad de la acción salvífica del Todoamoroso salvador, será comprendida de mejor manera por los que tienen una interioridad transformada.
Imagínate lo que sucedió a lo largo de esos cinco meses en la vida de este hogar… Ahora pasan de ser vistos como unos rechazados de Dios a ser los MÁS bendecidos por el Creador ya que a pesar de su ancianidad pueden constatar en su propia historia que Dios quiere contar con ellos para traer un profeta para las naciones; ahora pasan de no tener sueños ni anhelos, a verse a sí mismos como posibilitadores de la gracia de Dios para el mundo.
Dios ha reconstruido la autoestima de esta mujer y de este hombre, ha sacado a esta casa de su frialdad y de su vacío existencial y los ha transformado en un HOGAR; los ha capacitado a través del crecimiento silencioso de este hijo en la intimidad de sus vidas, para que, como fruto de su perseverancia, y de su adhesión a Dios, pero también de su propia cooperación -no olvides que el Bautista no fue encarnado por el Espíritu Santo, sino por la propia humanidad de ellos potencializada por el amor divino-, para ser portadores de buenas noticias para quienes los ven y los escuchan.
Esta hermosa acción de Dios será un gran testimonio para los que rodeaban a aquella familia, como se nos dicen en los versos 57 al 66 de este mismo capítulo que son los amigos y vecinos los que se congratulan con los padres del Bautista (58b). Dice el texto que ellos quedaban admirados y llenos del temor de Dios y comentaban todas aquellas cosas sucedidas en la vida de este hogar recompuesto y sanado (63 y 65); y más aún, los habitantes de aquella región grababan en sus corazones lo que oían que había sucedido en la casa de Zacarías e Isabel, y se preguntaban unos a otros lo que llegaría a ser este niño al reconocer que “la mano del Señor estaba con él”. (66).
Posteriormente contará san Lucas entre los versos 67 al 79 que Zacarías queda lleno del Espíritu Santo y profetizó a través del conocido canto del “Benedictus” y ahora pasa de ser un hombre mudo a transformarse en un proclamador de la acción poderosa de Dios en la historia de la humanidad, en su historia personal, en la vida de su familia.
En Conclusión:
He presentado este primer capítulo para que puedas ser más consciente de quiénes son los primeros destinatarios de tu servicio integral, no sólo espiritual, sino diríamos VITAL. Para ti, para mí y para todos los servidores de Dios que dentro de nuestra Iglesia queremos ser fieles a lo que el Señor quiere de nosotros, es urgente que asumamos que NUESTRA FAMILIA es el escenario prioritario de todo lo que vivimos en nuestra relación con nosotros mismos y con Dios.
Es inaplazable asumir esta misión primigenia y trabajar con todas las fuerzas para que aquellos a quienes más amas, los que llevan tu misma sangre, con los que compartes los apellidos, se descubran como sujetos de la saturación divina que está aconteciendo en tu interior y no como los primeros olvidados y las víctimas de tu indiferencia cotidiana.
Es decir que ya no es tolerable que sigamos teniendo dentro de la Iglesia Católica agentes de pastoral, servidores, cantantes, predicadores, ministros de la comunión, etc., que hayan hecho de sus grupos, comunidades parroquiales, casas de oración y demás espacios eclesiales unos “bunkers” o lugares para huir de los conflictos familiares.
Es inadmisible, anticristiano y va en contra del Evangelio que sigamos permitiendo que hayan familias que son abandonados por alguno de sus miembros con el pretexto de que están movidos por Dios a un ‘ministerio’ superior, o que su ‘llamado’ es a evangelizar “hasta el confín de la tierra” y estén descuidando su lugar de salvación por excelencia como lo es su propio hogar.
Es ilógico que nuestros pastores y líderes le exijan a los pocos comprometidos de sus comunidades, que le otorguen más tiempo a las labores propias de su qué hacer pastoral incluso en detrimento de su tiempo personal y de su destinación de momentos y prioridades para estar más en casa. Hemos llegado a transformar el texto santo en donde se nos dice que “hasta que la muerte los separe” en algo así como “hasta que las reuniones y eventos eclesiales los separen…”. ¿No será que nosotros mismos por nuestra falta de claridad nos hemos convertido en agentes que fracturan la estabilidad y la armonía en los hogares y las familias de aquellos a quienes servimos?
Es hora entonces, de tener claro que no habrá un primer servicio más importante que el que le prestó el Bautista a su propia familia.
Juan les “encarnó” la convicción de que Dios no los había olvidado o abandonado, sino que por el contrario, en el momento justo se hizo presente rescatándolos de su vejez y esterilidad existencial, del anonimato vital en el que estaban sumergidos, de la pésima imagen de sí mismos y del desprestigio que tenían en medio de sus vecinos, y los hizo portadores de una nueva mirada de ellos, de Dios y del entorno.
Fue la llegada de Juan la que posibilitó en sus padres que se recompusieran las comunicaciones fracturadas y que la fidelidad a Dios (al ponerle el nombre ordenado, cf. Lc 1,13 con Lc 1,60-63), desató un nuevo Pentecostés en quienes se arriesgan a caminar conforme lo recibido de parte del Señor.
Es imperioso queridos servidores que ya mismo tomemos la decisión de entender los múltiples escenarios de crecimiento en la fe (retiros, grupos, comunidades, congresos, conciertos, seminarios, cursos, vigilias, y demás…), como los lugares propicios para educar a nuestros hermanos a redescubrir la propia casa como el primer sitio para evangelizar a través de la pedagogía del CONTAGIO, y que además en cada uno de esos foros les demos herramientas para resignificar las realidades familiares, por más adversas que sean, y de esa manera estaremos seguramente ayudando a construir el Reino de los Cielos allí donde Dios quiere que empecemos.
Qué bello sería si al terminar este capítulo tomaras la decisión de apagar más frecuentemente el televisor, cerraras la biblia, salieras de tu habitación y fueras a buscar a las personas de tu familia para pasar tiempo conversando con ellas, o tal vez te fueras a comer un helado o de paseo con ellos, incluso si eso te implicara decirle a la gente de tu grupo que no vas a ir a tal o cual actividad porque el Señor te ha movido a pasar más tiempo en casa que en la Iglesia.
Recuerda que Dios no sustituye ningún amor humano o relación interpersonal, por el contrario, las potencializa y cualifica para en ellas mostrarlo a Él amando a través tuyo.
Termino compartiendo algo que fue muy significativo para mí en lo que se refiere al aspecto en mención. Estando en Roma, en el Instituto de Formación para Líderes que organizó el consejo mundial de la Renovación Católica Carismática (ICCRS) en septiembre de 2009, en uno de los coloquios que tuvimos con los encargados de algunos dicasterios, contamos con la bendición de conversar con Monseñor Joseph Clemens quien en ese momento servía como secretario del Pontificio Consejo para los Laicos. En aquella conversación entre los estudiantes del Instituto y él, yo le pregunté que si me podía decir cuál era la espiritualidad de los laicos, y recuerdo claramente que después de pensarlo por unos segundos dijo lo siguiente:
“La espiritualidad del laico es la coherencia que lleva a la santidad en la vida diaria, en el particular estado de vida en el que cada uno se encuentra, contagiando de esperanza cada uno de sus propios ambientes vitales y asumiendo que esos lugares son sus sitios de misión”.
Es hora, de terminar con esa trágica dicotomía entre la fe y la vida diaria y asumir que no podemos seguir atomizando a los seres humanos que quieren vivir una espiritualidad integradora y no experiencias fanatizantes que lo llevan a terminar privilegiando lo “divino” y menospreciando lo propiamente “humano”. Es menester que nosotros los encargados de guiar a otros en su vivencia de Dios, ayudemos a estas personas que nos han sido confiadas para que divinicen todo lo humano que viven.


