Jn 1,35-41
35Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos 36Fijándose en Jesús que pasaba, dice: «He ahí el Cordero de Dios». 37Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús. 38Jesús se volvió y, al ver que le seguían, les dice: «¿Qué buscan?» Ellos le respondieron: «Rabbí -que quiere decir `Maestro'- ¿dónde vives?» 39Les respondió: «Vengan y lo verán.» Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima. 40Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. 41Éste encuentra primeramente a su propio hermano, Simón, y le dice: «Hemos encontrado al Mesías» – que quiere decir, Cristo.
Como dije en la introducción, estoy convencido de que este es el primer lugar en donde es “mencionado” el discípulo amado. Es el otro, el que va con Andrés. Por esta razón es que te invito a acercarnos con sencillez y profundidad al descubrimiento de algunas características que el narrador del cuarto evangelio nos propone con respecto a lo que es para nosotros el modelo de alguien que quiere llegar a ser plenamente feliz haciéndose seguidor de Jesús de Nazaret.
Este texto es el que nos habla de la vocación del amado, de cómo y por qué decide emprender el camino que lo ha de llevar a la persona de Jesús. Todo discípulo debe tener una fuerte experiencia de llamado por parte del Señor. Si no hay llamado no habrá búsqueda, no se genera un verdadero encuentro, no hay itinerario, ni desafíos, obviamente no habrá servicio basado en la misericordia sino en intereses personales; en definitiva: no existirá verdadero acontecer del Reino. La primera llamada hecha por el Maestro es el punto de inicio de un genuino camino discipular.
Todo comienza con la voz del precursor que señala a Jesús y les anuncia a sus discípulos que ese que pasaba, que ahora va delante, es EL CORDERO DE DIOS. No voy a entrar aquí a hacer un excurso denso de la teología de este título cristológico, pero quiero señalar lo que yo creo que significó para los dos seguidores del Bautista esto que escucharon de labios de su maestro.
Para todo buen israelita que repetía de memoria “El Señor es mi Pastor, nada me falta. En verdes pastos me hace reposar. Me conduce a fuentes tranquilas…”, en esta oración se encontraba la expectativa existencial, profundamente humana, de anhelar la aparición de aquel que los habría de conducir al Dios que pastorea, que guía, que cuida, que protege, que provee y que, especialmente, le da sentido pleno a la vida. Decir que Jesús es El Cordero de Dios es, en primer lugar, señalar que su estilo de vida es el de un ser humano que muestra cómo es que alguien se deja pastorear por Dios. Si él es el Cordero DE Dios, entonces es obvio, que Dios es SU Pastor.
Este es el gran componente antropológico que sin duda impacta la vida del discípulo amado. Está escuchando de labios de su maestro que ha llegado el único que puede llenar sus vacíos, que le mostrará la manera de vivir en plenitud, que le dará las respuestas a las preguntas que ha albergado a lo largo de su vida y, al mismo tiempo, el que le hará las preguntas que necesita plantearse para ser un mejor ser humano.
Uno de los grandes problemas que tenemos en nuestra Iglesia es pensar que debemos rescatar a las personas de su “analfabetismo espiritual” al comienzo de su itinerario de amistad con el Señor. Esta presunción nos lleva a creer que nuestra gran tarea consiste en plantear, vehementemente y muy pronto, verdades doctrinales, teológicas, morales o de piedad, y que, al llenar a la gente de conceptos tomados de la catequesis y de exhortarlos a vivir prácticas rituales, estamos haciendo aquello para lo cual existimos. ¡Error! Esas sencillas personas NO NECESITAN, en primera instancia, de ningún adoctrinamiento, ni de vivencias rituales; lo que verdaderamente esa gente del común que está a nuestro alrededor, que asiste al templo parroquial, que va a un retiro, que entra a la reunión del grupo de oración o a las asambleas de los movimientos eclesiales necesita urgentemente, es en primera instancia, un conjunto de respuestas vitales serias, profundas y bien argumentadas.
Estas personas también necesitan vivir procesos adecuados que sanen las heridas que han cargado durante toda la vida y de herramientas acertadas que les permitan regresar a su cotidianidad y emprender nuevos caminos que los lleven a ser felices y a encontrarle sentido a su existencia. Luego vendrá el tiempo imprescindible de la formación más sólida.
Eso fue lo primero que encontró el discípulo amado cuando el Bautista les dijo a él y a Andrés que Jesús era el Cordero de Dios. Mira esto que dice un interesante autor al respecto:
Es el título que impulsó a los discípulos a seguir al Maestro y preguntarle dónde vivía. Ese título fue, por tanto, la chispa que encendió su vida entera… En este momento se transmite, por tanto, algo que estaba oculto y que tiene una importancia particular: la condición de Jesús como el Cordero de Dios.
Es claro que el título cristológico de “el Cordero de Dios” tiene unas implicaciones teológicas profundas: su evidente relación con el Siervo de YHWH del profeta Isaías (53,7.12), lleva implícita la idea de que Jesús es el Enviado que viene de parte de Dios para cumplir con la misión de quitar el pecado del mundo. De esta forma se anuncia el universalismo de la salvación que acontecerá por medio del Cordero. También es evidente, y no puedo dejar de decirlo, que con este título se quiere mostrar a Jesús como el cordero de la pascua judía; para el cuarto evangelio, Jesús ha sustituido al cordero pascual: Él es quien trae la liberación definitiva de toda esclavitud a los seres humanos que lo reciban como tal.
Con esta declaración hecha por el Bautista sucede un tremendo giro religioso y teológico que es urgente comprender. En todas las religiones de los pueblos circunvecinos de Israel e incluso en el corazón del judaísmo de la época, las personas creían que para agradarle a la divinidad y obtener favores de su parte, era necesario ofrecerle holocaustos y sacrificios. La verdad, creo que esto se mantiene en el inconsciente colectivo de mucha gente en la Iglesia hasta el día de hoy, cuando piensan que, por hacer ayunos, novenas, peregrinaciones o rezos, van a “convencer” a Dios de que les dé lo que ellos quieren y esperan. Cuando el precursor les dice a los suyos que Jesús es el Cordero de Dios, al mismo tiempo les está diciendo que deben dejar atrás toda mentalidad de retribución y renunciar a cualquier creencia de que se puede negociar de alguna manera con Dios. Ahora es Él quien se ha convertido en la ofrenda misma, en el único sacrificio por el cual podemos reconciliarnos con Dios y entre nosotros los hombres. Aparece ahora una de las verdades teológicas transversales del Segundo Testamento: Dios es don, es GRATUIDAD, no se le compra, no se le pueden “sacar bendiciones” a fuerza de actos de piedad.
Cuando comprendemos todas las implicaciones existenciales, sociales, relacionales, teológicas y universales que trae el título “Cordero de Dios”, entendemos rápidamente por qué el discípulo amado y Andrés toman una serie de decisiones que les van a cambiar la vida para siempre. Decisiones, sí, ¡DE-CI-SIO-NES! No se puede ser verdaderamente discípulo, ni verdaderamente cristiano si no es a base de decisiones que evidencien que se ha tenido un real encuentro con Jesús. No es a partir de emociones espirituales intrascendentes que se llega a madurar y a alcanzar la estatura y la solidez de un genuino seguidor del Hijo de Dios.
Quiero puntualizar aquí de una vez, que me generan muchísimos interrogantes y me producen una gran desconfianza esas experiencias religiosas que se han puesto de moda, en donde la gente cree que por haber participado en un retiro de fin de semana en el que, después de un montón de vivencias espirituales bastante emocionales, de haber escuchado algunos temas referidos al kerigma y una gran cantidad de impactantes testimonios, ya con eso tuvieron su “conversión” y eso les basta para sentir que ahora sí son verdaderos cristianos.
Respecto a este delicado tema de la conversión permanente nos dice el Documento para la etapa continental del sínodo sobre sinodalidad lo siguiente:
Al mismo tiempo, caminar juntos como Pueblo de Dios requiere que reconozcamos la necesidad de una conversión continua, individual y comunitaria. En el plano institucional y pastoral, esta conversión se traduce en una reforma igualmente permanente de la Iglesia, de sus estructuras y de su estilo, siguiendo las huellas del impulso al aggiornamento continuo, legado precioso que nos ha dejado el Concilio Vaticano II, al que estamos llamados a mirar.
La conversión es un PROCESO, es un camino que no termina nunca. Es, de alguna manera, un estilo de vida, en el que se van tomando decisiones paulatinas pero definitivas que deben llevarnos a vivir la cotidianidad desde los valores fundamentales del Reino que se ha revelado en Jesús.
La primera decisión que el discípulo amado tomó fue la de DEJAR ATRÁS a su maestro. La razón por la que este es el nombre del primer capítulo del libro es para que tengas muy claro que, así como en la tradición sinóptica para seguir a Jesús es necesario renunciar a muchas cosas, personas, relaciones o mentalidades que se oponen a la experiencia del Reino (Cf. Lc 14,25-33. Par.), en el cuarto evangelio también hay exigencias y condiciones que deben ser asumidas si se quiere ser un discípulo verdadero.
Te pregunto: ¿Juan el Bautista era un buen tipo o un mal tipo? Obviamente la respuesta será que no solamente era un buen tipo, sino que es un santo, que el mismo Jesús dijo que “no ha habido hombre nacido de mujer más grande que el Bautista” (Cf. Lc 7,28a), que en tu diócesis hay templos y parroquias consagradas a la tutela del hijo de Zacarías e Isabel, etcétera. Sin duda en todo eso tienes razón; sin embargo, te pregunto de nuevo: ¿El Bautista sana?, ¿salva?, ¿redime?, ¿da vida eterna?, ¿le da sentido a la existencia humana? ¡Obviamente NO!
¿Esto qué significa? Pues que por más bueno, piadoso, virtuoso, justo, sabio o reconocido que sea, el Bautista no es Jesús y como eso es totalmente claro, entonces es lógico que el discípulo amado -y Andréslo tenga que dejar para avanzar en la dirección que su mismo maestro les ha indicado. Para ser discípulo del Señor hay que dejar todo aquello que no es Jesús, aunque sea muy bueno. A este respecto el querido cardenal Martini dice lo siguiente:
Aquí Juan es quien señala el camino: repite las palabras que había dicho antes respecto del Cordero de Dios y los discípulos lo abandonan (este abandono es un poco doloroso, sorprendente para Juan: tal vez no se esperaba tanto); lo abandonan y siguen a Jesús.
Creo que en el fondo de esta necesidad de dejar atrás al Bautista está la gran lucha por alejarse de la tentación de hacer de los medios unos fines en sí mismos. Es urgente tener claro que una cosa es lo relativo y otra, muy distinta, es lo absoluto. No tener estas claridades podría llevarnos a caminar en la delgada línea de caer en algún tipo de fetichismo.
Cuando en la asamblea semanal de la comunidad se le da mayor valor a la música, a la decoración, al líder o al predicador, que, a la oración, a la meditación de la Escritura, o al encuentro con los hermanos, entonces habremos convertido a los medios en objetivos últimos y se nos ha perdido de vista lo fundamental. Eso, diríamos hoy, es un tipo de idolatría.
El rol de Juan en la historia de la salvación ha sido el de mensajero, de precursor, el que señala al Cordero; una vez cumplida esa misión, el mediador debe desaparecer, tal y como él mismo lo confiesa en Jn 3,30: “Es preciso que Él crezca y que yo disminuya”.
El Bautista es tan maravilloso que su grandeza estuvo en decrecer, en no buscar que lo siguieran a él, en haber encontrado que el sentido de su misión era direccionar a los que lo veían y lo escuchaban hacia el encuentro con Jesús. Ojalá muchos de los líderes en nuestras comunidades tuvieran estas mismas claridades que tuvo Juan y dejaran de andar promocionándose, publicitándose, buscando seguidores, adeptos y ovejas de las que eventualmente podrán apoderarse. El precursor pudo desaparecer porque en eso estaba su plenitud, ya había cumplido con su misión: guio a otros a poner su mirada en el Enviado de Dios para que lo siguieran solamente a Él. Ahora serán los discípulos de Jesús los que darán testimonio de la llegada del Mesías esperado, el Cordero de Dios.
Es muy triste constatar que, en cada eucaristía, el presidente de la celebración litúrgica, con las formas consagradas del pan y del vino en sus manos, levanta ante toda la asamblea al Señor resucitado y les declara que ese es el Cordero de Dios, y, la gente, mecánicamente, desconociendo las implicaciones existenciales y fraternas de aquello que está escuchando, responde de memoria y sin mayor consciencia que son -somosindignos de que entre en la casa y que seremos sanos por su palabra; pero después de ese diálogo entre el feligrés y el Señor, normalmente no sucede nada que impacte la vida cotidiana de los que asisten a la misa.
Permíteme compartirte una inquietud de tipo pastoral producto de la llana evidencia cotidiana después de 35 años de experiencia de fe y de más de 25 de misionar por diferentes lugares: ¿por qué razón los cientos de miles o millones de personas que vamos con asiduidad a la celebración de la eucaristía no hemos sido educados por los agentes encargados de dar una sólida comprensión de las bases de nuestra fe, para que esto mismo que escuchó el amado junto con Andrés y que provocó en ellos tan profundas decisiones, se convierta en fuente de transformaciones definitivas en la vida de los católicos “de a pie” que seguramente tanto lo necesitamos?
Es que basta con darse una vuelta por nuestro continente y constatar que, además del abominable delito de la pederastia y del consecuente encubrimiento por parte de algunos de los pastores de esos ministros que destruyeron la vida de las víctimas y de sus familias, otro de los fenómenos que tiene destruida la credibilidad de la Iglesia lo constituye los múltiples escándalos de corrupción que han sido orquestados, planeados, cometidos y tapados por “buenos católicos” que fueron bautizados en la Iglesia, que recibieron la catequesis previa a la primera comunión o a la confirmación, que posiblemente estudiaron en colegios religiosos, que posiblemente asistieron a retiros o charlas prematrimoniales, y que muy seguramente van a misa con frecuencia.
Algo debe de estar pasando al interior de nuestras estructuras eclesiales, en lo profundo de nuestras catequesis o en la manera en que se vive y se celebra la fe en nuestras comunidades parroquiales o movimientos apostólicos, para que la experiencia y la formación en torno al Cordero de Dios no permee ni transforme las consciencias y los valores de nuestra gente, para que no construya un tipo de relaciones personales basadas en el respeto y cuidado del otro -de su dignidad y de sus bienesy que se quedan en el plano superficial de la piedad, el rito o la costumbre religiosa.
A continuación, en la segunda parte del verso 37, el narrador dice que los dos discípulos oyeron a Juan y SIGUIERON a Jesús. Aquí aparece la gran palabra del discipulado: SEGUIR. Esta es la segunda de las decisiones que toma el amado junto con Andrés. No basta con renunciar al maestro y dejarlo atrás, ahora es urgente y definitivo seguir a Jesús: poner la mirada en Él, pasar del estatismo del Bautista al dinamismo existencial, relacional, espiritual y social del Señor; emprender el camino que llevará a nuestro personaje a trasegar a lo largo de toda su vida queriendo avanzar en la misma dirección del único Maestro. Mira lo que dicen al respecto estos importantes comentaristas:
“Seguir a Jesús”, como término técnico aplicado a discípulos (1,43; 8,12; 10,4; 12,26; 13,36; 21,19), indica el deseo de vivir con él y como él, adoptar sus objetivos y colaborar en su misión. “Seguir” significa caminar junto con otro que señala el camino. Este verbo expresa la respuesta de los discípulos a la declaración de Juan: han encontrado al que esperaban, y sin vacilar se adhieren a él.
El amado ha elegido una opción definitiva para su vida y está expresada en el término técnico “Seguir a Jesús”. Ya nunca más buscará respuestas en otros “maestros”, a partir de ahora su único referente para conocer a Dios, para comprender la Escritura, para vivir la ley, para relacionarse con los otros, para enfrentar la adversidad, para celebrar las alegrías, para servir a los necesitados, y en general para realizarse como persona, será el hijo del albañil/carpintero de Nazaret.
En el verso 38 aparecen las primeras palabras de Jesús en todo el evangelio. Hasta ahora han hablado el narrador, el Bautista, los sacerdotes y levitas enviados por las autoridades religiosas de Jerusalén a interrogar al precursor, e incluso el mismo Dios cuando le dio a Juan las indicaciones acerca de quién sería su Elegido. Este no es un dato menor: ¿cuáles son las palabras con las que Aquél que es La Palabra, deja oír su voz por primera vez en el evangelio? Dice el narrador que cuando Jesús se da cuenta de que el amado y Andrés lo siguen se da la vuelta y les pregunta: ¿QUÉ BUSCAN?
Esta es la pregunta fundamental que apela al deseo profundo, que implica la totalidad de la existencia de aquellos que quieren emprender el camino con Él. Es Jesús quien toma la iniciativa del diálogo, es Él quien da el primer paso para indagar en la realidad más profunda de los que lo han empezado a seguir. Como se dirá más adelante: “No me eligieron ustedes a mí, sino que yo los elegí a ustedes” (15,16). Esta pregunta exige examinarse con seriedad, tomar consciencia de los hondos anhelos existenciales y enfrentar aquello que cada uno tiene guardado en su alma. Sin esta introspección a fondo no se puede decidir seguir al Maestro.
El gran exégeta Raymond Brown dice lo siguiente respecto de estas palabras de Jesús:
Las primeras palabras de Jesús en el cuarto Evangelio son una pregunta que dirige él a todos los que están dispuestos a seguirle: “¿Qué buscáis?” Mediante esta pregunta da a entender Juan algo más que una simple indagación de los motivos que unos hombres tienen para caminar detrás de Jesús. Esta pregunta apunta a la necesidad básica del hombre, que le hace volverse a Dios.
Jesús sabe que existen motivos muy diversos por los que los seres humanos lo empiezan a seguir, así nos lo contará el mismo evangelista un poco más adelante. Precisamente por eso les pregunta por aquello que buscan. Qué esperan de él, qué creen que él les puede dar. El evangelista desde ya insinúa que hay motivaciones equivocadas, seguimientos falsos e interesados en búsquedas diferentes a las que se requieren para ser un verdadero discípulo del Señor. Si leemos 2,23-25 nos encontraremos con lo siguiente:
23Mientras estuvo en Jerusalén, por la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en su nombre al ver los signos que realizaba. 24Pero Jesús no se confiaba a ellos porque los conocía a todos 25y no tenía necesidad de que se le diera testimonio acerca de los hombres, pues él conocía lo que hay en el hombre.
Jesús los conocía a todos, y a pesar de eso les pregunta al amado y a Andrés qué buscan. ¡Es hermoso! Es necesario que quien quiere ser discípulo se revise, depure sus motivaciones, aclare sus búsquedas y con transparencia y honestidad elija seguir hasta el final al Maestro como su norte y su proyecto de vida.
Lo que viene a continuación es la respuesta de los discípulos huérfanos de padre espiritual, que han emprendido el camino tras el Cordero de Dios y han puesto sus esperanzas en aquel que señaló su antiguo maestro. En su respuesta ellos le dicen a Jesús dos cosas:
1. Rabbí. El sentido de esta expresión, -como lo anota el narrador-, es decirle a Jesús “maestro”. Es el comienzo de la relación. Aun sin muchas claridades acerca de quién es él verdaderamente, le hablan como a un maestro de la época -así también se le decía, por ejemplo, a Gamaliel-. El descubrimiento de la persona del Mesías en su más profunda identidad es un proceso, es un camino que se construye a base de comunión y de relación íntima, frecuente y cercana. El amado, después de caminar con el Maestro, le dirá “Kyrios”, Señor, como lo veremos en repetidas ocasiones en este libro.
2. ¿Dónde vives? En tiempos de Jesús quienes deseaban vincularse con un maestro y ser parte de su escuela, abrían las puertas de sus casas para que el rabbí viviera allí o se iban a vivir con él a donde fuera que estuviera su morada. Se sabía que el aprendizaje que los discípulos tenían que hacer no se limitaba a un corpus doctrinal o a una serie de contenidos teóricos, sino que se daba fundamentalmente a partir de la convivencia con aquel que los recibía como parte de su grupo de aprendices.
Preguntarle a Jesús “¿Dónde vives?” es una manera de pedirle que los reciba como parte de su grupo de discípulos, es una forma de solicitar ser admitidos en su escuela, y, sobre todo, es la manera de manifestar su deseo de que sea él quien les enseñe cómo es que pueden ser apacentados por el Pastor definitivo, que los guíe en el camino de la vida y que les enseñe las claves y las herramientas para poder ser plenamente felices encontrándole sentido a la existencia.
El verbo griego utilizado por el autor para decir “vivir” -¿Dónde vives?-, es “méno” (μένω), que significa “permanecer”. Este verbo que es característico de la teología joánica significa la capacidad que tiene alguien de resistir, de estar anclado con firmeza. Por ejemplo, en el mismo capítulo 1, en el verso 32, se dice que el Espíritu “permaneció” sobre Jesús; o como en el capítulo 15 cuando el mismo Señor les dice que deben “permanecer” como los sarmientos en la vid, quiere decir que esa decisión no se trata de algo efímero o transitorio, sino de algo definitivo y esencial.
El amado y Andrés no están preguntando por la dirección de su residencia ni por las coordenadas para poder llegar a su casa. Están indagando por la estabilidad definitiva que ellos necesitan para darle seguridad a sus búsquedas y encontrar la orientación sólida a los anhelos más profundos de sus historias.
Ante esta solicitud en forma de pregunta que ha recibido por parte de estos dos caminantes, el Maestro les dice “Vengan y lo verán”. Me conmueve muy profundamente esta respuesta de Jesús porque no les pide nada; no les hace un examen, ni un test de entrada, no les exige cambios de conducta, ni dejar ciertos comportamientos o renunciar a sus maneras particulares de ver la vida ni cosa parecida.
Qué triste es constatar que cuando las personas recién llegadas a algunos entornos eclesiales quieren empezar el camino dentro de ese movimiento, les exigen que transformen su manera de pensar, que cambien su forma de vestir, que renuncien a sus orientaciones políticas, sexuales, económicas, filosóficas o religiosas, como si el entorno al que se están aproximando estuviera conformado por santos o cuasi ángeles que, al exigir todo eso, lo que de verdad están mostrando es que se parecen más a una secta llena de adoctrinamientos fanatizadores, deshumanizadores, cargados de elitismo moral o de superioridad religiosa, que a un ambiente verdaderamente cristiano. No han entendido que la conversión es posterior a la acogida y a la comunión… ¡Qué tristeza!
Jesús les da la bienvenida, les abre las puertas, los acoge y los invita a que vayan a él, que vean el nuevo horizonte de amor, de misericordia, de bondad, de libertad y de servicio que hay en la comunión con el Hijo de Dios y que ellos mismos deberán asumir como su proyecto de vida para mostrar que de verdad se han encontrado con el Cordero de Dios.
Cuán urgente es, en este tiempo de postpandemia, que TODOS los hombres y mujeres que sufrieron pérdidas, enfermedades, angustias, depresión, ansiedad, dolores indecibles o prolongadas tristezas, sin sesgos de raza, de estrato socioeconómico, de procedencia, de orientación o de filiación política, se sientan acogidos y abrazados por verdaderos discípulos que han aprendido del Maestro a decir “Ven y lo verás”.
Lo que sucede posteriormente en la narración de nuestro texto fundante es que el amado y Andrés hacen exactamente eso que el Maestro les dijo que hicieran. Los verbos que el evangelista utiliza son contundentes: “Fueron”, “vieron” y “SE QUEDARON CON ÉL” aquel día.
Aquí aparece una nueva decisión tomada por el discípulo amado: ¡SE QUEDÓ CON JESÚS! Una respuesta distinta a la de un montón de “seguidores” del Señor que van y ven aquello que hay en la experiencia de fe, en la Iglesia, en sus comunidades o movimientos y se quedan con los cantos, con las emociones, con los ritos, con las normas, con los líderes en quienes ponen su mirada, con las prácticas y costumbres accesorias, piadosas y acomodaticias, pero NO se quedan CON ÉL.
Mientras que, en Marcos, cuando se habla de la vocación de los discípulos, se nos dice que Jesús los llamó hacia sí y ellos fueron a él, y que el Señor los “creó” (ποιέω) para que “estuvieran con Él” (Cf. Mc 3,13-14). Aquí, en el cuarto evangelio, esta misma idea es planteada con la afirmación que revisamos: ir, ver y elegir quedarse solamente con ÉL. Estoy completamente seguro de que cuando el escritor sagrado dice que “se quedaron con él aquel día” es una manera de contarnos que esta experiencia de comunión vital con el Señor es ya una nueva creación, una vivencia de profunda transformación y de novedoso comienzo para sus vidas.
No podemos seguir teniendo en las comunidades personas que cuando cambian al párroco para otro lugar, a una nueva misión, se van detrás de él y dejan sus compromisos en su parroquia. O gente que, siguiendo a su líder, generan fracturas o divisiones partidistas por ir detrás de emociones, “milagros” o vivencias que están basadas en personajes autorreferenciales que actúan como pequeños mesías que buscan fama, séquitos o fans entre los ingenuos o incautos que por falta de formación seria los siguen a ciegas… Todos los que actúan de esta manera no se han quedado con Jesús, sino con las cosas y las mediaciones que deberían llevar hacia el Único que es digno de ser seguido.
Con su pluma magistral, el evangelista dice a continuación que “era más o menos la hora décima”. Esto, por supuesto, más allá de ser una descripción cronológica, es, sin duda, una puntualización humana, espiritual y teológica. Todos los seres humanos guardamos en nuestro corazón y en la mente recuerdos de hechos significativos que nos han marcado la vida: lugares, colores, imágenes, horas, aromas y sabores que se convierten en trascendentales evocaciones de los hitos del camino.
De la misma manera, el narrador nos da este dato para contarnos que las vidas del amado y de Andrés nunca volvieron a ser las mismas después de esa experiencia de encuentro con Jesús. Me animaría a decir que, en lo espiritual y teológico que tiene como base este dato, existe una forma de contarnos que ellos vivieron el inicio de su kairós (καιρóς). Que para Andrés y para el amado ese momento les significaría que, aunque ya caía la tarde -la hora décima-, para ellos la vida apenas comenzaba y se abrían novedosas posibilidades y amplios horizontes de felicidad. Esta palabra griega significa “tiempo oportuno” o “momento decisivo”. Así lo dice quien fue mi profesor de teología joánica en la universidad, el padre Pedro Ortiz V., SJ.
De forma breve y profunda el querido padre Fidel Oñoro apunta lo siguiente sobre lo que deberíamos entender cuando el evangelista anota la precisión de la hora del encuentro con el Maestro:
Además, el encuentro no queda como un hecho ocasional sino como una experiencia estable, permanente; es el inicio de una verdadera amistad. Sus vidas respiran en una nueva atmósfera de relaciones y de vivencias que durará mucho.
La indicación acerca del día del suceso, e incluso el detalle “eran más o menos las cuatro de la tarde” (1,39b), deja entender que el encuentro con Jesús marcó su propia historia, fue el día y la hora decisiva de sus vidas.
Ojalá que mientras estás leyendo estas líneas sientas que Jesús te da una nueva oportunidad para recomenzar tu vida y que en este instante descubras que Él quiere abrir un camino de plenitud y felicidad en tu historia. Que este momento sea como “la hora décima” en tu andar. Deseo que tengas un kairós que marque tu vida.
Para terminar nuestra aproximación al texto que hemos leído en este primer capítulo, el autor sagrado nos dice que Andrés era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús y que fue este quien encontró primeramente a su hermano Simón… Esto quiere decir, a mi entender, que mientras Andrés regresó a su entorno, a su vida cotidiana, el discípulo amado se quedó con Jesús sin ir a otro lugar. A partir de aquí comienza un camino que llevará a este discípulo sin nombre, como veremos en los próximos capítulos, a progresar en su conocimiento de Jesús, del Padre, de sí mismo y de los demás, es decir: a vivir en plenitud y a ser profundamente feliz.
El final del salmo 23, ese del que hablamos más arriba del Gran Pastor, dice: “Y habitaré en la casa de YHWH un sinfín de días”. Me parece que aquí el autor sagrado nos deja un sabor a comienzo del cumplimiento de ese anhelo que ya expresaba el orante… El discípulo amado habita desde ahora, por días sin término, en la morada del Señor.


