Muchos llevamos años sirviendo en la Iglesia sin habernos detenido a revisar algo elemental: ¿cómo estamos haciendo el camino del discipulado? No qué sabemos sobre él, sino cómo lo estamos viviendo. Ese examen es el corazón de este curso.
El seguimiento y el servicio son uno de los hilos conductores del Nuevo Testamento, sobre todo en los evangelios y en los Hechos de los Apóstoles. Toda la Escritura apunta a un proyecto humanizador que Jesús encarnó y sigue encarnando, y que conocemos como “el Reino de los Cielos”. A ese proyecto no se entra por afiliación ni por costumbre: solo se accede haciéndose discípulo y discípula del único Maestro, el Hijo que nos revela al ABBÁ.
Por eso el curso avanza en dos direcciones. Hacia dentro, revisando con seriedad la forma y la comprensión con que estás recorriendo ese camino existencial de transformación de tu propia historia. Y hacia fuera, para que esa transformación genere cambios reales en tus entornos vitales: primero la familia, el trabajo y el estudio, después la comunidad eclesial y, desde ahí, la sociedad.
Un tema que la Iglesia latinoamericana puso en el centro
No es un asunto menor. Los obispos de todas las Conferencias Episcopales de América Latina se prepararon durante años para el encuentro de Aparecida, en Brasil, donde en 2007, junto al papa Benedicto XVI, elaboraron el Documento Conclusivo que lleva el nombre de ese lugar. Sigue siendo hoy el referente magisterial que ilumina el caminar de la Iglesia en esta región del mundo, y su clave de lectura es precisamente el discipulado misionero.
¿Para quién es?
Para servidores de comunidades y grupos de oración, catequistas, líderes de pastoral juvenil y familiar, y para cualquier creyente que sienta que su vida de fe se volvió rutina y quiera recuperar el pulso del seguimiento.