Una mirada sistémica a la prevención y la cultura del cuidado
Por Carlos Loayza Gutiérrez (Perú)
En América Latina y el Caribe, las enfermedades cardiovasculares continúan siendo la principal causa de muerte. Según el informe Health at a Glance: Latin America and the Caribbean 2023, elaborado por la OCDE y el Banco Mundial, en 2020 la mortalidad por enfermedades cardiovasculares alcanzó 218 muertes por cada 100.000 habitantes, una tasa 61 % superior al promedio de los países de la OCDE.1 Gran parte de estas enfermedades está asociada a factores de riesgo que pueden prevenirse, tratarse o modificarse, entre ellos la hipertensión arterial, los niveles elevados de glucosa y colesterol, la obesidad, la inactividad física y el consumo de tabaco.
Quienes han sufrido un evento cardiovascular permanecen, además, expuestos a nuevos episodios. La evidencia sobre prevención secundaria muestra que, después de un infarto, el riesgo de recurrencia continúa siendo significativo y que una parte importante de este riesgo puede reducirse mediante el control adecuado de los factores modificables, la adherencia al tratamiento y cambios sostenidos en el estilo de vida.
Estas cifras nos recuerdan algo fundamental: no basta con actuar cuando aparece la enfermedad; es necesario reconocer los factores de riesgo, intervenir oportunamente y construir condiciones que protejan la salud antes de que ocurra un primer (o un nuevo) infarto.
La Iglesia se encuentra ante un desafío que, guardando las diferencias, puede ser comprendido mediante esta imagen. Durante años hemos identificado graves signos de alarma relacionados con los abusos sexuales, de poder, de conciencia y espirituales, así como con otras formas de violencia y vulneración de la dignidad. Se han dado pasos importantes para responder a estas situaciones: protocolos, códigos de conducta, canales de denuncia, procesos de formación y mecanismos de actuación. Sin embargo, estos instrumentos, aun siendo indispensables, no son suficientes por sí solos.
Un protocolo puede indicarnos qué hacer cuando algo ocurre; una auténtica cultura de prevención y cuidado debe ayudarnos también a preguntarnos por qué pudo ocurrir, qué condiciones lo facilitaron y qué debemos transformar para reducir el riesgo de que vuelva a suceder.
Por eso, el desafío que tenemos delante no consiste únicamente en responder adecuadamente ante los abusos, sino en transformar progresivamente nuestras instituciones y comunidades para que el cuidado, la prevención, la escucha, la transparencia y la rendición de cuentas formen parte habitual de nuestra manera de vivir la misión.
Un corazón en riesgo
Una operación compleja en el cuerpo humano nunca depende exclusivamente del cirujano. Intervienen el paciente, su familia, médicos, enfermeros, personal administrativo, sistemas sanitarios, aseguradoras, políticas públicas y muchas otras personas e instituciones.
De manera semejante, la prevención de los abusos en la Iglesia requiere una mirada sistémica. No basta con concentrar toda la responsabilidad en las características personales de quien agrede o de quien ha sufrido una vulneración. También necesitamos examinar las relaciones, los estilos de liderazgo, las estructuras institucionales, los mecanismos de supervisión, la formación, la cultura organizacional y las prácticas comunitarias que pueden actuar como factores de riesgo o de protección.
Para comprender esta complejidad resulta útil recurrir al modelo ecológico inspirado en la teoría de Urie Bronfenbrenner.2 Desde esta perspectiva, la persona se desarrolla dentro de diferentes sistemas interrelacionados que influyen continuamente unos sobre otros. Aplicado a la prevención, este enfoque permite comprender que un entorno seguro no se construye mediante una única acción; requiere intervenir simultáneamente sobre distintos niveles de la realidad.
Imaginemos, por ejemplo, a un adolescente de 14 años que participa en un grupo juvenil parroquial.
1. Microsistema
Comprende los entornos y personas con quienes el adolescente mantiene relaciones directas: padres, hermanos, docentes, amigos, líderes pastorales, religiosos, sacerdotes y compañeros del grupo.
Algunos factores de riesgo podrían ser:
- escasa formación afectivo-sexual y en prevención;
- dificultades socioemocionales no acompañadas;
- consumo de alcohol u otras sustancias;
- dinámicas familiares violentas o negligentes;
- adultos que mantienen límites inadecuados en la relación con menores;
- comunicación privada o poco transparente mediante redes sociales;
- líderes pastorales sin suficiente formación, acompañamiento o supervisión;
- relaciones virtuales sin acompañamiento adecuado.
Pero en este mismo sistema pueden desarrollarse importantes factores protectores: vínculos familiares seguros, adultos significativos y responsables, formación adecuada, límites claros, comunicación abierta y espacios donde el adolescente pueda expresar libremente aquello que le preocupa.
2. Mesosistema
Se refiere a las relaciones entre los distintos espacios que forman parte de la vida del adolescente: familia, colegio, parroquia, grupo juvenil y comunidad.
Algunos factores de riesgo pueden ser:
- escasa comunicación entre familia, colegio y comunidad parroquial;
- fragmentación entre la formación académica, humana y espiritual;
- situaciones de bullying o violencia entre pares que no son detectadas o atendidas;
- desconocimiento de las actividades pastorales en las que participan los menores;
- ausencia de criterios comunes de cuidado entre familias, instituciones educativas y espacios pastorales.
Un mesosistema protector aparece cuando familia, escuela y comunidad parroquial no trabajan aisladamente, sino que comparten criterios básicos de protección, mantienen canales de comunicación y saben cómo actuar ante una situación de riesgo.
3. Exosistema
Comprende estructuras y circunstancias que no dependen directamente del adolescente, pero influyen significativamente en su vida.
Aquí podemos encontrar riesgos como:
- jornadas laborales que dificultan el acompañamiento familiar;
- estructuras pastorales excesivamente cerradas o personalistas;
- concentración de autoridad sin mecanismos suficientes de supervisión;
- ausencia o desconocimiento de protocolos y códigos de conducta;
- falta de canales seguros y accesibles para comunicar preocupaciones;
- actividades pastorales (campamentos, retiros, convivencias, apostolados) organizadas sin una adecuada evaluación de riesgos;
- escasa selección, formación y supervisión de quienes trabajan con menores;
- entornos digitales que facilitan nuevas formas de violencia, manipulación, explotación o abuso.
En este nivel aparece una dimensión fundamental de la prevención: la responsabilidad institucional. Una comunidad segura no puede depender solamente de que sus miembros sean “buenas personas”; necesita estructuras, criterios, procedimientos, supervisión y rendición de cuentas.
4. Macrosistema
Comprende las creencias culturales, sociales, religiosas y jurídicas que pueden favorecer o dificultar una cultura del cuidado.
Entre los factores de riesgo podemos reconocer:
- el machismo y otras formas de discriminación;
- el clericalismo y las comprensiones autoritarias del liderazgo;
- la normalización de relaciones asimétricas de poder;
- la cultura del silencio;
- la resistencia a denunciar por temor al escándalo;
- la idealización de determinados líderes;
- la comprensión equivocada de la obediencia;
- la dificultad para cuestionar decisiones de quienes ejercen autoridad;
- la existencia de normas que no siempre se traducen adecuadamente en prácticas institucionales.
Estos sistemas están profundamente interconectados. Una dificultad familiar puede aumentar la vulnerabilidad de un adolescente; una comunidad sin supervisión puede facilitar relaciones inadecuadas; una cultura institucional que evita hablar de los problemas puede impedir que las primeras señales de alarma sean reconocidas.
Por eso, prevenir significa mucho más que elaborar documentos. Significa intervenir sobre el ecosistema completo en el que se desarrollan las relaciones.
10 claves para cuidar el corazón de nuestras comunidades
Ante esta realidad, como Iglesia estamos llamados a responder con valentía, profesionalidad y esperanza. Las siguientes claves no pretenden constituir una receta definitiva, sino señalar algunos factores protectores que pueden ayudarnos a construir comunidades educativas y pastorales más seguras.
1. Formar líderes para una cultura del cuidado y la prevención
No basta con capacitar sobre protocolos; necesitamos formar líderes capaces de reconocer riesgos, ejercer adecuadamente la autoridad, respetar límites, escuchar, acompañar y generar ambientes seguros.
2. Promover comunidades capaces de discernir y cuestionar
Una comunidad saludable no silencia las preguntas. Educar el pensamiento crítico ayuda a reconocer relaciones inadecuadas, prácticas abusivas y dinámicas de poder que pueden haberse normalizado con el tiempo.
3. Fortalecer las relaciones familiares y comunitarias
Los vínculos seguros constituyen uno de los principales factores protectores. Las familias necesitan espacios de formación y acompañamiento que les permitan desarrollar relaciones basadas en la confianza, el diálogo y el respeto.
4. Educar para establecer relaciones sanas y límites adecuados
Ni la confianza pastoral ni la cercanía afectiva eliminan la necesidad de límites. Es necesario formar relaciones basadas en la dignidad, el respeto, la empatía y el reconocimiento de las asimetrías de poder.
5. Desarrollar habilidades socioemocionales
El autoconocimiento, la regulación emocional, la comunicación asertiva, la empatía, la resolución de conflictos, el liderazgo y el trabajo en equipo son también herramientas de prevención.
6. Formar en dignidad, derechos y participación
Niños, adolescentes y adultos necesitan conocer sus derechos, reconocer situaciones inadecuadas y saber a quién acudir. Una persona informada y una comunidad capaz de escuchar constituyen importantes factores protectores.
7. Contar con políticas, protocolos y canales conocidos y accesibles
Los documentos deben existir, pero también deben ser conocidos, comprendidos, aplicados y evaluados. Toda persona debería saber dónde comunicar una preocupación y confiar en que será escuchada y atendida adecuadamente.
8. Incorporar una formación integral sobre afectividad y sexualidad
La prevención requiere una comprensión positiva e integral de la sexualidad humana, adecuada a cada etapa del desarrollo, que permita reconocer límites, consentimiento, intimidad, dignidad y relaciones saludables.
9. Fortalecer la participación, la supervisión y la rendición de cuentas
Una Iglesia sinodal necesita espacios reales de participación y corresponsabilidad. La autoridad debe ejercerse como servicio y estar acompañada por mecanismos adecuados de supervisión, evaluación y rendición de cuentas. Ningún liderazgo debería quedar permanentemente al margen de toda revisión.3
10. Prevenir los riesgos del mundo digital
La vida digital forma parte de la vida real. Es necesario educar para el uso seguro y responsable de las tecnologías, establecer criterios claros para la comunicación entre adultos y menores y formar para reconocer riesgos como el grooming, el ciberacoso, la explotación sexual, la manipulación y otras formas de violencia digital.
Un corazón que aprende a cuidar
Estamos en un momento decisivo para la Iglesia; hemos avanzado en protocolos, procedimientos y mecanismos de respuesta, pero el desafío más profundo continúa siendo cultural.
Una comunidad segura no es aquella en la que podemos asegurar que nunca ocurrirá una situación de abuso; es aquella que reduce los factores de riesgo, fortalece los factores protectores, escucha las señales de alerta, actúa oportunamente, acompaña a quienes han sido heridos, aprende de sus errores y está dispuesta a rendir cuentas.
La prevención, por tanto, no puede considerarse una tarea adicional ni responsabilidad exclusiva de especialistas. Forma parte de nuestra manera de comprender la misión.
En marzo de 2026, el papa León XIV recordó a la Comisión Pontificia para la Protección de los Menores que la prevención del abuso no es una tarea opcional, sino una dimensión constitutiva de la misión de la Iglesia. Señaló también que prevenir no consiste únicamente en disponer de protocolos y procedimientos, sino en formar una verdadera cultura del cuidado, en la que proteger a los menores y a las personas en situación de vulnerabilidad sea expresión natural de nuestra fe.4
Tal vez esta sea la verdadera operación a corazón abierto que necesitamos: no solamente cambiar procedimientos, sino permitir que cambien nuestras relaciones, nuestras estructuras, nuestros estilos de liderazgo y nuestra manera de ejercer la autoridad.
“Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.
San Agustín, Confesiones
Que esa inquietud no nos permita acostumbrarnos a aquello que hiere la dignidad de las personas. Que nos impulse a revisar, aprender y transformar nuestras comunidades. Y que nos ayude a construir una Iglesia cada vez más humana, transparente y segura, en la que cuidar al otro sea una expresión concreta de nuestra fidelidad al Evangelio.5
Notas
- OECD/The World Bank. (2023). Health at a Glance: Latin America and the Caribbean 2023. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/532b0e2d-en
- Bronfenbrenner, U. (1979). The Ecology of Human Development: Experiments by Nature and Design. Harvard University Press.
- Pontificia Comisión para la Protección de los Menores. (2025). Segundo Informe Anual sobre las Políticas e Iniciativas de Tutela en la Iglesia. Ciudad del Vaticano.
- León XIV. (2026, 16 de marzo). Discurso a los miembros y al personal de la Pontificia Comisión para la Protección de los Menores. Santa Sede. Texto completo.
- Agustín de Hipona. (2006). Confesiones, I, 1, 1. Biblioteca de Autores Cristianos.


